Una proporción adecuada de proteínas y microcomponentes esenciales, así como de grasas y glúcidos, constituye la base esencial de la dieta ideal. Endocrinólogos y nutricionistas prefieren llamarle dieta hipocalórica equilibrada porque nos aporta de forma permanente los elementos necesarios para que nuestras funciones vitales mantengan el nivel correcto en todo momento.Las dietas hipocalóricas equilibradas son las más indicadas para el tratamiento de la obesidad y el sobrepeso y pueden ser de “muy bajo” o “bajo” contenido energético. Si nos atenemos de otro lado al tipo y proporción de nutrientes, las dietas pueden ser, aparte de equilibradas, no equilibradas, incompletas o deficitarias (de proteína o de otros componentes), disociadas o cetogénicas.
En las dietas disociadas, o mono-dietas, el desequilibrio se produce sobre una base temporal, desajustándose los mecanismos de compensación por cambios bruscos en la composición de los alimentos ingeridos en las sucesivas tomas a lo largo de la jornada. Sobre este particular, los especialistas señalan que estos regímenes, en los que sólo se suele tomar un nutriente al día, tampoco son la solución porque se acaba desmotivando al paciente tanto por la monotonía de la dieta como que no aportan lo que precisa el organismo realmente cada 24 horas.
Las cetogénicas, también conocidas como hiperproteínicas, constituyen un caso especial de desajuste caracterizado por una ausencia casi total de glúcidos e hidratos de carbono, circunstancia que provoca el recurso masivo del organismo a la proteína como sustrato para la síntesis de glucosa en un ámbito de abundancia de lípidos. La consecuencia más preocupante de esta acción metabólica es el aumento nada recomendable de la presencia en la sangre de unas sustancias de desecho denominadas cetonas. La del Dr. Atkins, la Scarsdale y la de Angélica María son algunos ejemplos de este tipo de dietas, que fueron muy populares a partir de los años 70 del pasado siglo y también conocidas como “regímenes milagro”, y hoy se encuentran en claro declive.
Los defensores de las dietas cetogénicas argumentan que sus efectos son inmediatos y que el paciente pierde bastantes kilos en poco tiempo. Los menús cetogénicos consisten en incluir alimentos con alto contenido en proteínas y lípidos y con baja proporción en hidratos de carbono. En consecuencia, la lista básica de productos a consumir está compuesta de leche, quesos, cremas, carnes, vísceras, pollo, pescado, aceites, mantequilla, manteca, huevo, jamón, salchichas y similares. Por el contrario, estas dietas apenas incluyen legumbres, cereales, arroz, pan, frutas, verduras, pasta, dulces y azúcares.
La experiencia ha demostrado “a posteriori” que las dietas cetogénicas, ante el déficit inducido de hidratos de carbono, lo que provocan es pérdida de agua y electrolitos pero no de grasa, por lo que algunos expertos en bromatología las califican de “auténtico castigo al organismo”. ¿Cuál es la consecuencia más perniciosa de todo ello? Que quien las sigue está expuesto a recuperar los kilos perdidos en cuanto las abandona y, además, corre el riesgo de sufrir alteraciones en los ritmos cardíaco y gastrointestinal, aparte de sensación de cansancio o fatiga. Por otro lado, al ser dietas bajas en frutas, verduras y cereales, se registran deficiencias de nutrientes como el ácido fólico, vitamina C, magnesio y calcio.
Por el contrario, las dietas hipocalóricas equilibradas son las que contienen todos los nutrientes necesarios en proporciones armónicas para ocasionar el mínimo de déficit al organismo cuando a ellas nos sometemos. Además de cuidar la ingesta de alimentos, este tipo de dietas requieren de ejercicio físico moderado como complemento para lograr el objetivo de reducir kilos.
Ejemplos de este tipo de dietas son la de Fox (también conocida como “dieta médica de Beverly Hills”), que es rica en glúcidos y pobre en grasa; la de Bour y Derot, que alterna el aporte energético suficiente con una tabla de ejercicios suaves pero continuados; la de Pollak, basada casi exclusivamente en glúcidos; la de Bahner, con alto contenido proteico; la dieta de dos semanas de Stillman a base de cereales, verduras y carnes magras y la denominada “dieta prudente de Bennett y Simon” que centra sus esfuerzos más en la disminución del consumo de grasas que en la aportación de otros materiales, aunque es bastante rica en féculas.
Según el español M. Alemany, catedrático de Bioquímica y experto en nutrición, toda dieta equilibrada no debe contener nunca materiales tóxicos. Por otro lado, no debe ser un tratamiento en sí mismo inductor de enfermedades carenciales o de acumulación por exceso, ni gravar nuestra capacidad metabólica.